Custodio de los Franciscanos del Caribe y Presidente de la Conferencia de Religiosos de Puerto Rico
En 1986, tres años antes de la caída del muro de Berlín, el papa Juan Pablo II pronunció lo que, con toda seguridad, ha sido su discurso más elocuente e inolvidable; discurso silente pues se formaba en el abrazo de los líderes de las distintas religiones del mundo, algunas de ellas históricamente enfrentadas entre sí. Las palabras que brotaron de aquel abrazo fueron mínimas y esenciales, como corresponde a un hecho poético, parábola de trascendencia. Podría resumirse así: la violencia es intrínsecamente contraria a la religión, su bien natural es la paz. Los líderes oraron, ayunaron y peregrinaron. Mostraban, con el ejemplo, un camino. Uno se convierte en aquello que pide repetidamente: “hazme un instrumento de tu paz”. Mediante el ayuno se fortalece la voluntad para reconocer y transformar la violencia que ciertamente habita en las religiones. Y, por último, la identidad madura cuando no se encorva sobre sí misma y, más bien, peregrina hacia el encuentro con el distinto. Tres caminos simples que comparten todas las religiones y trazan la ruta de la paz.
Antes de la caída del muro de Berlín, este encuentro interreligioso y ecuménico derribó el muro que separaba, no sin violencia, a las religiones entre sí, y otro, más dañino aún, el muro de la justificación religiosa de la violencia en tantas zonas del mundo. Hablamos, por supuesto, desde un plano simbólico, es decir, apuntando más a procesos que a hechos consumados. Juan Pablo II eligió cuidadosamente un lugar en el que todas las religiones y confesiones cristianas se sintieran como en su propia casa: Asís. La elección podría justificarse por la belleza natural de esta pequeña ciudad medieval, pero el motivo tiene nombre e historia. Asís es sinónimo del hermano Francisco. El patrono de los ecologistas es también el santo que, lejos de la lógica confrontativa de las Cruzadas, propició un encuentro fraternal y de aprendizaje con el Islam. Francisco es el ser cuya profunda experiencia espiritual le hacía sentirse reconciliado no sólo con los seres humanos, sino con todas las criaturas, al grado de identificar como hermanos también al fuego, a la luna, al sol y a las estrellas, como se verifica bellamente en su poema “Cántico del Hermano Sol”, primer poema escrito en lengua italiana. Su saludo “¡Paz y bien!” se ha convertido en expresión paradigmática de todos los que se inspiran es su espiritualidad pacificadora. Como nota al calce, viene a cuento recordar que Juanes y Olga Tañón, en aquel histórico concierto en la Plaza de la Revolución en La Habana, dejaban escapar de cuando en cuando el célebre estribillo franciscano.
No fue todo “color de rosa”. No me refiero al concierto “Paz sin fronteras”, sino al encuentro conocido internacionalmente como el “Espíritu de Asís”. El acto convocado hace 25 años provocó que algunos pusieran el grito literalmente en el cielo. Esbozaban argumentos supuestamente ortodoxos para despotricar contra los valores del ecumenismo, la ecología y la búsqueda genuina de la paz que exigen nuestros tiempos. Ejemplo de ello fue la sorprendente postura del escritor católico Vittorio Messori, que se atrevió a decir, violenta y equivocadamente, que “san Francisco participó en la quinta cruzada como capellán de las tropas, no como un hombre de paz”.
Juan Pablo II no hizo caso a las críticas, prosiguió con esperanza y compromiso: “Juntos hemos llenado nuestros ojos con visiones de paz que liberan energías para construir un nuevo lenguaje de paz, para nuevos gestos de paz; gestos que romperán las funestas cadenas de las divisiones heredadas del pasado histórico o engendradas por modernas ideologías. La paz espera a sus constructores”.
El Papa Benedicto XVI ha querido celebrar, este jueves pasado, el 25 aniversario de este histórico encuentro. No sólo convocó a los mismos líderes, sino que añadió un elemento sorpresivo y alentador: la inclusión de los no-creyentes. “Se trata –dijo- del estar juntos en camino hacia la verdad, del compromiso decidido por la dignidad del ser humano y de hacerse cargo en común de la causa de la paz, contra toda especie de violencia destructora del derecho”. Entre los no-creyentes estuvo Julia Kristeva, quien afirmó entusiasmada que el encuentro de las diversidades en Asís “atestigua que la hipótesis de la destrucción no es la única posible”. La filósofa agnóstica, psicoanalista y feminista radical fue invitada por el mismo Papa a emprender el viaje común de la paz. Mientras esta esperanza titilaba planetariamente, los lefebvrianos organizaban actos de reparación; adueñados de la verdad, aseguran que se ha humillado a la “Esposa de Cristo”.
Está claro: la paz necesita tanto de mansas palomas lanzadas continuamente al cielo, como de la astucia terrenal de las serpientes. peregrinoyforastero@gmail.com
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